Insomnio en personas mayores: causas, mantenimiento y tratamientos eficaces

Insomnio en personas mayores: causas, mantenimiento y tratamientos eficaces

Dormir mal no es algo habitual solo porque se cumplan años. Aunque es verdad que a medida que se envejece, algunos patrones de sueño pueden cambiar, hay una diferencia entre tener un sueño más ligero o despertarse temprano y padecer insomnio, el cual afecta el descanso, el estado emocional, la memoria, la energía y la calidad de vida.

En la consulta, el insomnio en personas mayores puede manifestarse de diversas maneras. Algunas personas tardan mucho en poder dormirse, otras se despiertan repetidamente durante la noche, y hay quienes se despiertan a las cinco de la mañana y no pueden volver a conciliar el sueño.

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Lo importante no es únicamente lo que sucede por la noche, sino también lo que se experimenta durante el día: fatiga, irritabilidad, dificultad para concentrarse, sensación de confusión mental, preocupación constante por el sueño e incluso temor a que llegue la noche. Este ciclo de vigilancia y frustración es fundamental para entender el problema.

Analicemos un caso ficticio

Carmen, que tiene 74 años, empezó a tener problemas para dormir tras la muerte de su esposo. Al principio, le costaba sueño debido a la tristeza y los cambios en su día a día. Luego comenzó a acostarse más temprano «por si conseguía dormir mejor», a mirar el reloj repetidamente cada noche y a permanecer en la cama durante muchas horas sin dormir.

Además, empezó a hacer siestas largas para compensar. Sin darse cuenta, lo que comenzó como una respuesta comprensible ante la pérdida se transformó en un problema mantenido por nuevos hábitos, ansiedad anticipada y una relación cada vez más complicada con el sueño.

Otro caso ficticio

José, de 68 años, quien sufre de dolor en las articulaciones y tiene inquietudes sobre su salud. Él se despierta varias veces cada noche, pero lo que más alimenta su insomnio no es solo el dolor, sino el ciclo mental que surge después: “Mañana me sentiré mal”, “esto no se va a solucionar”, “si no descanso, me sentiré peor”. Es decir, el insomnio en las personas mayores a menudo se debe a múltiples factores al mismo tiempo: cambios en la fisiología del sueño, enfermedades, dolor, medicamentos, ansiedad, depresión, soledad, duelo, menor actividad física, siestas largas o hábitos irregulares.

También es esencial recordar que no todo el «insomnio» es un trastorno de insomnio por sí solo. A veces hay otras cuestiones que deben evaluarse con cuidado: apnea del sueño, síndrome de piernas inquietas, efectos secundarios de medicamentos, consumo de alcohol, depresión, ansiedad o deterioro cognitivo. Por ello, una evaluación clínica y psicológica adecuada es crucial antes de decidir el tratamiento. La meta no es simplemente afirmar que «no duerme bien», sino averiguar qué lo provoca y, sobre todo, qué lo mantiene.

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Uno de los modelos más eficaces para entenderlo es este: en primer lugar, surge un factor que provoca la situación, como puede ser una enfermedad, una pérdida o un periodo estresante. Luego, se implementan métodos que parecen ser beneficiosos a corto plazo, pero que en realidad agravan el problema a mediano plazo: acostarse demasiado temprano, levantarse muy tarde, permanecer mucho tiempo en la cama, hacer siestas largas, evitar actividades durante el día, intentar dormir a la fuerza o preocuparse constantemente durante la noche. Al final, la cama deja de ser un lugar de descanso y se convierte en un espacio de activación, frustración y alerta.

La buena noticia es que el tratamiento psicológico es efectivo, y el enfoque con más respaldo científico es la terapia cognitivo-conductual para el insomnio, conocida como TCC-I o CBT-I. Las directrices clínicas la sugieren como el tratamiento principal para adultos, incluyendo a los ancianos. No se basa en simplemente «dar consejos sobre cómo dormir», sino en atacar los mecanismos que perpetúan el problema. Sus elementos incluyen la educación acerca del sueño, el control de estímulos, la restricción o ajuste del tiempo en la cama, la regulación de horarios, el manejo de pensamientos catastróficos sobre no poder dormir y técnicas para controlar la activación fisiológica.

En términos prácticos, esto se traduce en acciones concretas. Por ejemplo, si una persona pasa nueve horas en la cama pero solo logra dormir seis, puede que no sea beneficioso extender ese tiempo, sino más bien ajustarlo para reconstruir la relación entre la cama y el sueño. También se trabaja intensamente en la parte cognitiva: cambiar la percepción de una mala noche de sueño como un desastre, disminuir la hipervigilancia corporal y modificar la creencia de que es necesario «forzarse» a dormir. En el caso de las personas mayores, es útil adaptar el tratamiento a factores como el dolor, las limitaciones físicas, los horarios de medicación y los cambios en la rutina que surgen con la jubilación o la dependencia parcial.

Es fundamental mencionar que, por sí sola, la higiene del sueño generalmente no es suficiente cuando el insomnio se ha cronificado. Puede ser beneficiosa como un complemento, pero rara vez actúa como un tratamiento independiente. Las recomendaciones generales —como evitar cenar en exceso, reducir el consumo de cafeína, mantener cierta regularidad, limitar las siestas largas, exponerse a la luz natural y mantenerse activo durante el día— son valiosas, pero el cambio real suele ocurrir cuando se aborda de manera estructurada la conducta y los pensamientos.

¿Y qué hay de la medicación?

En el caso de los ancianos, se debe ser especialmente cauteloso. Algunos hipnóticos pueden ofrecer alivio a corto plazo, pero también pueden aumentar los riesgos como somnolencia diurna, caídas, confusión o dependencia, por lo que las guías recomiendan precaución y, en general, evitar el uso prolongado a menos que sea realmente necesario. Esto no implica demonizar los fármacos, sino colocarlos en su contexto: como una decisión médica que debe ser evaluada cuidadosamente y que no reemplaza el tratamiento psicológico básico cuando el insomnio persiste a lo largo del tiempo.
En un consultorio de psicología, abordar el insomnio en ancianos no se limita únicamente a “proporcionar recomendaciones”. Implica realizar una evaluación adecuada, adaptar el plan a la persona y restaurar una sensación de control que con frecuencia se ha deslizado. Cuando el tratamiento se formula correctamente, no solo se optimiza el sueño: también tiende a mejorar el estado de ánimo, la independencia, los niveles de energía, la capacidad para tolerar el malestar y la seguridad para enfrentar el día.

Dormir de manera más efectiva no es un privilegio en la tercera edad; es un aspecto crucial de la salud tanto física como mental.

Referencias

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Anderson, K.N., Bradley, A.J.(2018).Understanding insomnia and the role of cognitive behavioural therapy: Assessment and its importance in patient care.Journal of Thoracic Disease.

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Patel, D., Steinberg, J., Patel, P.(2018).A review of insomnia in older people: Insights and findings. Journal of Clinical Sleep Medicine.

Schutte-Rodin, S., et al.(2008).Guidelines for assessing and treating chronic insomnia in adults. Journal of Clinical Sleep Medicine.

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